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CONAN DE CIMMERIA VOLUMEN 1 (1932-1933)

NOVENA PARTE

Fue, creo, rey de Aquilonia durante muchos años, un reinado turbulento y complicado en una época en que la civilización Hiboria había alcanzado su cenit y todos los reinos tenían ambiciones imperiales. Al principio luchó a la defensiva, pero soy de la opinión de que finalmente se vio obligado a emprender guerras de agresión por razones de supervivencia. Si logró conquistar un imperio o pereció en el intento, es algo que desconozco.

Carta de Robert E. Howard a P. Schuyler Miller

Una de las últimas creaciones de Howard fue el marinero Wild Bill Clanton «el mayor camorrista de puños de acero de los Siete Mares». A diferencia de otros héroes del autor, Clanton destaca por un turbio pasado —contrabandista, ladrón de perlas, traficante de esclavosy por conseguir sus objetivos a la fuerza; sobre el todo el nutrido número de muchachas seducidas por su irresistible masculinidad. La influencia de la literatura de aventuras y películas de piratas de la época resulta evidente en este personaje, puede que uno de los más desconocidos para el gran público. Sus historias aparecieron publicadas en Spicy-Adventure Stories entre abril de 1936 y enero de 1937. Para Howard fue un buen modo (mientras pudo) de ganarse la vida a través del humor y el salvajismo más primitivo.

Vulmea el Negro, al igual que Clanton, resulta otro héroe digno de mención en la etapa final del texano como escritor. Comparte tantas similitudes con el cimmerio melena negra, volcánicos ojos azules, carácter impetuoso, fuerte como un toro que Howard reescribió una historia rechazada de Conan con el irlandés como protagonista. Existen tres relatos sobre el personaje que no lograría vender: La venganza de Vulmea el Negro, Espadas de la Hermandad Roja y La isla de la perdición de los piratas. A modo de curiosidad, en la última historia Vulmea resulta un soporte para Helen Tavrel, una heroína a la altura de Agnès de Chastillon, Bêlit, Sonya de Rogantino o Valeria. ¿Quién dijo que el genio de Cross Plains solo escribía sobre bárbaros cargados de testosterona?

La mañana del jueves del 11 de junio de 1936, después de una larga noche de vigía junto al lecho de su madre, el texano abandonó a una Hester Howard en coma debido a la tuberculosis. Deprimido, fue a su estudio y escribió en su vieja Underwood Nº5 sus últimas palabras:

Todo hecho, todo ido, álzame pues sobre la pira
El festín ha acabado y la lámpara expira
¿Qué significa?, preguntó el juez de la paz.

Acto seguido, salió a la calle y subió a su Chrevolet 1931. Abrió la guantera, sacó el Colt calibre 380 que había pedido prestado y se pegó un tiro en la cabeza. Alertados por el disparo, los vecinos trasladaron su cuerpo al interior de la casa. No pudieron llevarlo a un hospital por la gravedad de las lesiones. El texano era un hombre fuerte: tardó en morir ocho horas sin llegar a recuperar la conciencia. Al día siguiente, sobre las diez y media de la noche, su madre también pereció. Ambos fueron enterrados el domingo 14 de junio de 1936 en el cementerio de Greenleaf.

Howard nunca fue capaz de vencer sus complejos, el aislamiento, la poderosa ira que lo embargaba a diario y el sentido de fatalidad arraigado en su interior. Murió fiel a sus principios, con un arma en la mano, sin haber arrojado la toalla en ningún momento, despreciando en secreto a Cross Plains, la gente que lo rodeaba y una vida con la que jamás había logrado reconciliarse. Su personalidad solitaria, neurótica, incapaz de adaptarse a su entorno y sensible, lo condujo a la autodestrucción. Saber que perdería a su madre, a la que le unía una terrible dependencia emocional, fue superior a sus fuerzas. La muerte fue la única forma que tuvo de alcanzar la paz de espíritu. Su padre de 64 años, completamente traumatizado, tuvo que hacer frente a la espantosa tragedia que le había arrebatado a su familia.

Isaac Howard legó la obra (manuscritos, cartas y revistas) de su hijo a la biblioteca de Howard Payne College. Tal como era de esperar, el bibliotecario de turno, estimando en poco valor la obra del texano (las portadas de los fanzines eran considerados poco cristianos y de mal gusto en la época) arrinconó el baúl en un sótano donde la humedad no tardó en hacer estragos. Al enterarse del poco respeto que habían mostrado por la herencia cultural del escritor, Howard padre no tardó en reclamarlo y enviarlo por correo a E. Hoffman Price, que hizo que llegara a Glenn Lord, futuro representante de los herederos del texano.

Otis Kline continuó vendiendo relatos de Howard a diversas revistas hasta 1939. En 1946, gracias a la editorial Arkham House, propiedad de August Derleth, salió publicado en tapa dura el primer libro del autor: Rostro de calavera y otros relatos. Irónicamente, las historias de Conan no se consideraban comerciales. Después de la Segunda Guerra Mundial, Gnome Espress sacó a la venta toda la saga del cimmerio, también en tapa dura, con un impostado orden cronológico que ha perdurado hasta principios del siglo XXI. En un principio, las ventas no acompañaron a la calidad de los escritos. Tuvieron que pasar muchos años hasta que el éxito abrumador de la trilogía de El señor de los anillos catapultara el género de la fantasía heroica a nivel mundial. Por arte de magia, Howard se convirtió en el segundo escritor del género más vendido después de J. R. R. Tolkien. Aquel fue el primer paso que convertiría al bárbaro en leyenda… Pero eso es otra historia.

EL NEGRO DESCONOCIDO (PUBLICADO ORIGINALMENTE COMO ECHOES OF VALOR, TOR BOOKS, 1987)

—¡Bien dicho, Strom! —dijo detrás de ellos una voz profunda y potente, cargada de burla.
Todos se volvieron con la boca abierta. En lo alto de la escalera, Belesa se levantó, con una exclamación involuntaria. Un hombre salió de entre los cortinajes que ocultaban la puerta de la estancia y avanzó hacia la mesa sin prisa ni vacilación. Enseguida dominó al grupo, y todos vieron que la situación había cambiado sutilmente y estaba cargada de una atmósfera dinámica.
El extranjero era más alto y corpulento que cualquiera de los bucaneros, pero pese a su tamaño se movía como un felino con sus altas y vistosas botas. Vestía ajustados pantalones de seda blanca. Llevaba una amplia casaca de color azul celeste que dejaba ver una camisa de seda blanca con el cuello abierto, y un fajín de color escarlata en torno a la cintura. La capa estaba adornada con botones plateados en forma de bellota, y los puños y solapas llevaban adornos de oro. El cuello era de raso. Un sombrero brillante completaba la anticuada vestimenta que se había llevado cien años atrás. De su cinto colgaba un pesado alfanje.
—¡Conan! —exclamaron al unísono los dos bucaneros; Valenso y Galbro contuvieron la respiración al oír el nombre.
—¿Quién si no? El gigante se acercó a la mesa, riendo burlonamente ante su asombro.

Escrito a principios de 1935, después de Más allá del río negro, El negro desconocido es uno de los mejores (e infravalorados) relatos del texano. Este no se publicó en su forma original hasta el lejano año 1987 en Echoes Of Valor. Anteriormente fue reescrito (y vilmente amputado) por L. Sprague de Camp con el título de El tesoro de Tránicos.

Inspirado en La letra escarlata, las historias de piratas y el western, con encontramos con el cimmerio huyendo a través de los Yermos Pictos, acosado por un grupo de salvajes que pretenden acabar con él. Su huida lo conduce a una cueva abandonada ante la que, de forma sorprendente, sus perseguidores dan la media vuelta y abandonan espantados la cacería en el momento de la victoria. Capítulos más tarde, Conan decide participar en una intriga protagonizada por Zarono y Strombanni, viejos rivales piratas que buscan el tesoro de Tránicos en aquella costa desolada alejada de la civilización. El bárbaro, que lo ha encontrado de pura casualidad, no duda en atizar el aborrecimiento que experimentan ambos capitanes para sobrevivir a cualquier precio.

Conan no necesita esforzarse para ser tan odiado como temido por sus oponentes:

—¡Haz subir a los hombres! —dijo Strombanni, echando espumarajos por la boca—. ¡Treparemos y lo mataremos!
—¡No seas necio! —gruñó Zarono—. ¿Crees acaso que algún hombre en la tierra podría subir por esos peldaños? Mantendremos a los hombres apostados aquí durante el tiempo que sea necesario para acribillarlo a flechazos si se atreve a aparecer. Pero vamos a conseguir esas joyas. Él tiene algún plan para hacerse con el botín; de lo contrario, no hubiera traído a treinta hombres para llevárselo. Si Conan es capaz de cogerlo, también nosotros lo podemos hacer. Vamos a doblar la hoja del alfanje formando un gancho, lo tiraremos para que rodee la pata de la mesa y así la traeremos hasta la puerta.
—¡Bien pensado, Zarono! —dijo Conan desde arriba con voz burlona—. Eso era exactamente lo que yo tenía pensado. Pero ¿cómo vais a encontrar el sendero para regresar a la playa? La noche caerá antes de que lleguéis allí, si es que pensáis abriros camino por el bosque, y entonces yo os seguiré y os mataré uno por uno en la oscuridad.
—No es una fanfarronada —masculló Strombanni—. Puede moverse y golpear en la oscuridad tan silenciosamente como un fantasma. Si nos da caza mientras regresamos por el bosque, seremos pocos los que consigamos volver con vida a la playa.

Aunque no existen pruebas documentales de que Howard intentara vender el relato a Farnsworth Wright, probablemente este lo rechazaría para su revista. La historia fue demasiado experimental (el bárbaro vuelve a ser un personaje secundario dentro del cuento) para Weird Tales que, tal como hemos comprobado en anteriores ocasiones, era más partidaria de imperios en ruinas, doncellas indefensas y horripilantes criaturas demoniacas. Intentando rescatarla del naufragio, el texano borró las referencias del mundo hiborio y revisó la historia (Espadas de la Hermandad Roja) con Terence Vulmea como protagonista. Desafortunadamente, no fue publicada hasta 1976.

LOS ANTROPÓFAGOS DE ZAMBOULA (WEIRD TALES, NOVIEMBRE DE 1935, TITULADO COMO SOMBRAS EN ZAMBOULA)

Zabibi se convirtió en un torbellino asombroso de rápidos movimientos. Las cabezas fallaban por centímetros. Desde algún lugar oculto llegaba una música extraña que se mezclaba con el terrible silbido de las serpientes, que era como un maligno biento nocturno soplando a través de las vacías cuencas de una calavera. A pesar de la rapidez de sus movimientos, la joven se dio perfecta cuenta de que los odiosos animales no atacaban al azar. Obedecían a la extraña y siniestra melodía que sonaba a lo lejos. Atacaban con un ritmo espantoso y, por la fuerza, los movimientos de la muchacha tenían que acoplarse al ritmo de los animales. Sus frenéticos movimientos hacían parecer normales y serenas las danzas más obscenas de Zamora. Enferma de asco, y vergüenza y horror, Zabibi oyó la risa implacable de su verdugo.
—¡La Danza de las Cobras, amada mía! —dijo Totrasmek, riendo—. Así bailaban las vírgenes ante el altar de sacrificios de Hanumán hace siglos..., pero nunca con la misma belleza y suavidad que tú. ¡Baila, muchacha, baila! ¿Durante cuánto tiempo más podrás evitar los colmillos del Pueblo Venenoso? ¿Minutos? ¿Horas? Al final te cansarás. Tus pies rápidos y seguros vacilarán; tus piernas te fallarán; tus caderas girarán con más lentitud. Entonces, los colmillos de las cobras comenzarán a hundirse en tu marfileña carne...

El siguiente cuento del cimmerio repitió la rutinaria fórmula que tanto agradaba a Wright y, como era de esperar, no tardó mucho en ser comprado. La historia toma elementos orientales propios de Kirby O’Donell o El Borak y el suspense típico de Steve Harrison. En Los antropófagos de Zamboula encontramos misterio, caníbales, una cuidad sumida en el terror, sacrificios humanos y sortilegios.

Uno de los mejores momentos de la saga es el siguiente:

Por la boca entreabierta de Baal-pteor silbó el aire. Su rostro se estaba poniendo azul, y el temor se reflejó en sus ojos. Los músculos de sus enormes brazos estaban a punto de estallar, Pero el cuello de toro del cimmerio no cedía. Bajo los dedos desesperados del gigante, los músculos del cuello de Conan eran como cuerdas de hierro. Sin embargo, la carne de Baal-pteor cedía bajo los dedos de hierro del cimmerio, que se hundían más y más en los músculos de la garganta del otro, hasta aplastarlos contra la yugular.
La inmovilidad estatuaria de los hombres dio paso a un movimiento súbito y veloz cuando el kosalano comenzó a retorcerse e intentó echarse hacia atrás. Soltó la garganta de Conan y se llevó ambas manos a la suya, tratando de apartar aquellos dedos inexorables.
Con una embestida repentina, el cimmerio lo fue doblando hacia atrás hasta que la espalda del gigante golpeó la mesa. Conan siguió doblando al hombre más y más hasta que su columna vertebral estuvo a punto de quebrarse.
La suave risa de Conan fue implacable como el sonido metálico de dos espadas.
—¡Imbécil! —exclamó el cimmerio—. Me parece que nunca habías visto a un hombre occidental. ¿Acaso te has creído fuerte porque eres capaz de retorcer los cuellos de hombres civilizados, pobres diablos con músculos como cuerdas podridas? ¡Diablos! Trata de romper el cuello de un toro salvaje de Cimmeria antes de considerarte fuerte. Eso es lo que hice yo antes de llegar a ser hombre... ¡Así!
Con un movimiento salvaje, Conan retorció la cabeza de Baal-pteor hasta que su cara quedó mirando el hombro y sus vértebras chasquearon como una rama rota.

Después de rescatar a una muchacha de unos caníbales, esta convence a Conan a que lo ayude a salvar la vida a su amante, que se encuentra bajo el influjo de un maligno hechizo. Seducido por la idea de poseer a Zabibi, el bárbaro no duda en hacer lo que ella le pide. Posteriormente, cuando la joven es secuestrada, tal como ha pasado muchas veces antes, el cimmerio salva a Zabibi, aniquila a sus adversarios y resulta victorioso donde cualquier otro fracasaría. En comparación con El negro desconocido y la próxima Clavos rojos, esta historia carece del mismo nivel de inventiva y calidad.

El relato consiguió la portada del mes de noviembre de 1935: la escena de Zabibi/Nafertari bailando desnuda ante unas serpientes era demasiado llamativa para ignorarla. Cabe preguntarse hasta qué punto Howard se vio obligado a incluir escenas eróticas para vender las historias de Conan a Weird Tales. Como solía ser habitual, el bárbaro desapareció a favor de un personaje femenino.

CLAVOS ROJOS (WEIRD TALES, AGOSTO-SEPTIEMBRE DE 1936)

Valeria se despertó con un estremecimiento, al ver que el gris amanecer se extendía sobre la planicie. Se incorporó y se frotó los ojos. Conan estaba cortando una planta de cactus, y pelaba diestramente la piel y las espinas.
—No me despertaste —dijo ella—. ¡Me has dejado dormir toda la noche!
—Estabas muy cansada —repuso el cimmerio—. Y deben de dolerte las posaderas, después de una cabalgada tan prolongada. Los piratas no estáis habituados a andar a caballo.
—¿Y tú?
—Yo fui kozako antes que pirata —respondió Conan—. Y esa gente vive sobre la silla de montar. He dormido a ratos, como una pantera que espera junto al sendero el paso de un venado. Mis oídos se mantenían alerta mientras mis ojos dormían.
Lo cierto es que el gigantesco bárbaro parecía tan descansado como si hubiese dormido toda la noche sobre un lecho de plumas. Una vez que hubo quitado todas las espinas, le entregó a Valeria la jugosa hoja de cactus.
—Prueba esto —dijo—. Es un buen alimento y una bebida para el hombre del desierto. Yo fui jefe de los zuagires, unos nómadas que viven de saquear caravanas.
—¿Hay algo que tú no hayas sido? —le preguntó Valeria, en parte con burla y en parte con admiración.
—Sí. No he sido rey de un país hiborio —declaró él sonriendo, mientras masticaba el jugoso cactus—. Pero no pierdo la esperanza de llegar a serlo algún día. ¿Por qué no habría de ser rey?

Acuciado por las deudas que le ocasionaban los gastos médicos de Hester Howard, el texano escribió al editor de Weird Tales pidiéndole cobrar el dinero que le debía por los relatos que había publicado en la revista. Por desgracia, no llegaría a disfrutar económicamente de los frutos de su trabajo; Wright terminaría pagando al padre del escritor más de mil dólares en concepto de derechos atrasados.

A finales de junio, Howard empezó a escribir lo que sería la despedida de su héroe más famoso: Clavos rojos. Al igual que en Xuthal del crepúsculo, Conan llega a una ciudad aislada acompañado por una hermosa mujer. Valeria es uno de los mejores personajes femeninos del autor: fuerte, decidida, valiente y hábil con la espada. La decadencia de la civilización, otra de las obsesiones del texano, aparece retratada en la historia, tal como había narrado anteriormente en Más allá del río negro, Luna de calaveras o los Dioses de Bal-Sagoth. Los habitantes de Xucholt, ajenos al mundo que han dejado atrás, se han entregado a sus placeres por completo, degenerando de una civilización inteligente y sofisticada a otra tortuosa y bárbara. En una carta enviada a Lovecraft, nos encontramos que Howard alega que aquella sería su última obra de ficción. Clavos rojos fue publicada a los pocos meses de la muerte del autor y finalizó anunciando el fallecimiento del mismo a los lectores de la revista.

Lovecraft escribió un sincero y conmovedor epitafio sobre su compañero epistolar. Vale la pena transcribirlo por completo:

La repentina e inesperada muerte el 11 de junio de 1936 de Robert Ervin Howard, autor de relatos fantásticos de incomparable vivacidad, constituye la peor pérdida sufrida por la literatura de lo sobrenatural desde la desaparición, hace cuatro años, de Henry S. Whitehead. El señor Howard nació en Peaster, Texas, el 22 de enero de 1906, y tenía la edad suficiente como para haber presenciado la última fase de las exploraciones de los pioneros del sudoeste, la colonización de las grandes llanuras y la parte inferior del valle del Río Grande, y la espectacular ascensión de la industria petrolera con sus abigarradas ciudades relámpago. Su padre, el cual le sobrevive, fue uno de los médicos pioneros de la región. La familia ha vivido en el sur, al este y al oeste de Texas y en la parte occidental de Oklahoma; durante los últimos años vivió en Cross Plains, cerca de Brownwood, Texas. Educado en la atmósfera de la frontera, Howard no tardó en llegar a ser todo un devoto de sus viriles tradiciones homéricas. El conocimiento que tenía de su historia y sus costumbres populares era muy profundo, y las descripciones y reminiscencias que contienen sus cartas privadas ilustran la elocuencia y la fuerza con las que habría llegado a conmemorarlas literariamente de haber vivido más tiempo. La familia del señor Howard pertenece a una distinguida raigambre de plantadores sureños, de descendencia escocesa-irlandesa, con la mayoría de sus antepasados establecidos en Georgia y Carolina del Norte en el siglo XVIII.
Habiendo empezado a escribir a los quince años, el señor Howard logró colocar su primer relato tres años después, mientras estudiaba en el Howard Payne College, en Brownwood. Este relato, Lanza y colmillo, fue publicado en Weird Tales en julio de 1925. Una fama más amplia le granjeó la aparición de la novela corta Cabeza de lobo, en la misma revista, en abril de 1926. En agosto de 1928 dio comienzo a la serie de relatos en los que aparece Solomon Kane, un puritano inglés de combatividad incansable y acostumbrado a enderezar entuertos, cuyas aventuras le llevan a lugares extraños del mundo, incluyendo las ruinas llenas de sombras de ignotas ciudades primordiales de la jungla africana. Con estos relatos, el señor Howard dio con el que iba a ser uno de sus logros más efectivos, la descripción de vastas ciudades megalíticas del mundo primigenio, alrededor de cuyas oscuras torres y bóvedas laberínticas perdura un aura de miedo pre-humano y nigromancia que ningún otro escritor ha logrado imitar. Dichas historias indicaron también el desarrollo de ese arte entusiástico en la descripción de combates sanguinarios que llegó a ser tan típica de su obra. Solomon Kane, como otros varios héroes del autor, fue concebido durante su adolescencia antes de que lo incorporara a relato alguno.
Durante toda su vida ávido estudioso de la antigüedad celta y otras fases de la más remota historia, el señor Howard dio inicio en 1929 (con El reino de las sombras, en el número de agosto de Weird Tales) a esa sucesión de relatos sobre el mundo prehistórico por la que muy pronto llegó a ser tan famoso. Las primeras muestras describían una era muy distante en la historia del hombre, cuando Atlantis, Lemuria y Mu se hallaban aún sobre las olas, y cuando las sombras de los hombres reptiles pre-humanos dominaban el escenario primigenio. La figura central de estos relatos era el Rey Kull de Valusia. En el Weird Tales de diciembre de 1932 apareció El fénix en la espada, el primero de los relatos del Rey Conan el Cimmerio, que presentaba un mundo prehistórico posterior, un mundo de hace quizá unos 15.000 años, inmediatamente antes de los primeros destellos de la historia escrita. La elaborada medida y la precisa coherencia intrínseca con que el señor Howard desarrolló el mundo de Conan en sus relatos posteriores es algo bien conocido por todos los lectores de fantasía. Para guía propia preparó un detallado esbozo casi histórico de una inteligencia y una fertilidad imaginativa infinitas.
Mientras tanto, el señor Howard había escrito muchos relatos sobre los antiguos pictos y los celtas, incluyendo una serie muy notable que giraba alrededor del jefe Bran Mak Morn. Pocos lectores llegarán a olvidar nunca el horrible y avasallador poder de esa obra maestra de lo macabro, Gusanos en la tierra, aparecida en el Weird Tales de noviembre de 1932. Fuera de las series interconectadas existen otras fantasías llenas de fuerza, incluyéndose entre ellas la memorable novela por entregas Rostro de calavera, y algunos inolvidables relatos situados en un ambiente moderno, como Canaan negro, con su telón de fondo regional lleno de autenticidad y su poderosamente absorbente imagen del horror que acecha a través de los pantanos del profundo sur norteamericano, llenos de sombras malditas, infestados de serpientes, convertidos en impenetrables por el musgo.
Fuera del campo de la fantasía, el señor Howard era sorprendentemente prolífico y versátil. Su gran interés por los deportes (algo conectado quizá con su amor por el conflicto y la fortaleza de lo primitivo) le llevó a crear a su héroe, el boxeador profesional «Marinero Steve Costigan», cuyas aventuras en lugares lejanos y exóticos deleitaron a los lectores de muchas revistas. Sus novelas cortas sobre combates en el Oriente demostraron hasta el máximo su dominio del romanticismo a capa y espada, en tanto que sus cuentos cada vez más frecuentes sobre la vida en el oeste (tales como las series de «Breckinridge Elkins») mostraban su creciente habilidad e inclinación a reflejar los lugares con los que se hallaba directamente familiarizado.
La poesía del señor Howard (extraña, belicosa y aventurera) no era menos notable que su prosa. Poseía el auténtico espíritu de la balada y la épica, y se hallaba marcada por el latido de la rima y una poderosa imaginería del temple más inconfundible y personal. La mayor parte de ella, en forma de supuestas citas de viejos escritos, sirvió para encabezar los capítulos de sus novelas. Es lamentable que no haya aparecido nunca publicada una recopilación de su poesía, y es de esperar que tales obras puedan ser recopiladas y publicadas de modo póstumo.
El carácter y las dotes del señor Howard eran absolutamente únicos. Era, por encima de todo lo demás, un amante del mundo más sencillo y antiguo de los bárbaros, y de la época de los pioneros, cuando el coraje y la fortaleza ocupaban el lugar de la sutileza y la estratagema, y cuando una raza osada y carente de todo temor batallaba y sangraba, sin pedirle cuartel a la naturaleza hostil. Todos sus relatos reflejan su filosofía, haciendo derivar de ella una vitalidad que puede hallarse en muy pocos de sus contemporáneos. Nadie más que él podía escribir de modo más convincente acerca de la violencia y las matanzas, y sus pasajes bélicos revelan una aptitud instintiva para las tácticas militares que podrían haberle llevado a distinguirse en tiempos de guerra. Sus verdaderos dones eran aún más elevados que los que pueden llegar a sospechar los lectores de sus obras publicadas, y, de haber vivido, le habrían ayudado a dejar su huella en la más seria de las literaturas, con alguna obra de épica popular acerca de su amado suroeste.
Es difícil describir lo que hizo destacar con tal agudeza a las historias del señor Howard; pero el auténtico secreto radica en que en cada una de ellas está él mismo, ya fueran ostensiblemente comerciales o no. Él era más grande que cualquier política para obtener beneficios que pudiese llegar a adoptar, pues incluso cuando de puertas afuera hizo concesiones a los editores guiados por Mammón y a los críticos comerciales, poseía una fortaleza y una sinceridad internas que llegaban a aflorar en la superficie y que ponían la huella de su personalidad en todo lo que escribió. Rara vez, si es que hubo alguna, creó un personaje o una situación corrientes, sin vida, y los dejó como tales. Antes de que hubiese terminado con ellos, siempre adquirían algún matiz de vitalidad y de realidad a pesar de la política editorial de las publicaciones populares..., siempre sacaban algo de su propia experiencia y conocimiento de la vida en vez de hacerlo del estéril herbario de los lugares comunes resecos de la literatura pulp. No sólo sobresalía en las imágenes de contienda y masacre, sino que se hallaba casi igualmente sin rival en su habilidad para crear auténticas emociones de miedo espectral y temible suspense.
Ningún autor, ni en los campos más humildes, puede llegar realmente a descollar a menos que se tome muy en serio su trabajo, y el señor Howard hizo exactamente eso hasta en los casos en que, conscientemente, pensó no hacerlo. Que tan genuino artista haya perecido, en tanto que centenares de escritorzuelos sin la más mínima sinceridad siguen fabricando fantasmas espúreos, vampiros, naves espaciales y detectives ocultistas es, ciertamente, una muestra lamentable de ironía cósmica.
El señor Howard, familiarizado con muchos aspectos de la vida del sudoeste, vivía con sus padres en una zona semi rural del pueblo de Cross Plains, en Texas. Escribir era su única profesión. Sus gustos en cuanto a lectura eran amplios e incluían investigaciones históricas en campos tan dispares como el suroeste norteamericano, la Gran Bretaña prehistórica, amén de Irlanda, y el mundo prehistórico oriental y africano. En la literatura prefería lo viril a la sutileza, y repudiaba el modernismo de modo devastador y absoluto. El difunto Jack London era uno de sus ídolos. En lo político era liberal, y un acérrimo enemigo de toda forma de injusticia cívica. Sus diversiones básicas eran los deportes y viajar, diversión esta última que siempre daba pie a deliciosas cartas descriptivas llenas de reflexiones históricas.
El humor no era su especialidad, aunque poseía, por un lado, un agudo sentido de la ironía y, por otro, estaba dotado de abundantes provisiones de cordialidad, alegría y jovialidad. Aunque poseía numerosos amigos, el señor Howard no pertenecía a ninguna capilla literaria y aborrecía todos los cultos centrados en torno a la afectación «artística». Sus admiraciones se dirigían más bien hacia la fortaleza del cuerpo y el carácter que hacia las proezas eruditas. Mantenía una interesante y voluminosa correspondencia con sus colegas escritores del campo fantástico, pero no llegó a encontrarse más que con uno de ellos en persona, E. Hoffmann Price, cuyos logros y talento le impresionaron profundamente.
El señor Howard medía casi un metro ochenta y tres centímetros, y poseía la impresionante estructura de un luchador nato. Era muy moreno, salvo en sus ojos, azules de tipo céltico. Y en los años más recientes su peso oscilaba siempre alrededor de los noventa kilos. Siempre seguidor de una vida esforzada y llena de pruebas, a menudo hacía recordar a su propio y famoso personaje, el intrépido guerrero, aventurero y conquistador de tronos por la fuerza, Conan el Cimerio.
Su pérdida, a los treinta años de edad, es una tragedia de primera magnitud, y un golpe del que la ficción fantástica tardará en recobrarse. La biblioteca del señor Howard ha sido cedida al Howard Payne College, donde formará el núcleo de la colección de libros, manuscritos y cartas Memorial Robert E. Howard.

Han pasado casi ochenta años desde la muerte de Howard y su estrella continúa brillando con fuerza entre nosotros. Conan el cimmerio «pelo negro, los ojos sombríos, la espada en la mano, un ladrón, un saqueador, un asesino, de gigantescas melancolías y gigantescos pesares» ha conseguido sobrevivir a cualquier dificultad. Tal como predijo su creador, el bárbaro siempre termina triunfando.

 

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© Círculo de Lhork, 20012.