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EL MUNDO DE LHORK

Eugenio Fraile La Ossa

Las primeras razas

No se conoce mucho de aquella época, denominada por el único cronista conocido de Lhork, el bardo Jalstak Ukherder, el Peregrino Eterno, como el Tiempo Brumoso, salvo el momento de la historia del planeta en la cual se hace referencia a los Campeones de Lhork y a su enemigo Aryhusek, el Señor Oscuro.

Por lo tanto, la historia conocida empieza cuando los Señores del Resplandor, sustentadores del Orden, la Cordura y el Bien en todos sus planos, cansados de la larga e incesante lucha con sus Hermanos Oscuros, los Entes del Vacío, Heladas Formas Informes que propugnaban el Caos, la Locura y la Maldad por el contrario, crearon la Tierra de Lhork, el continente principal que daba su nombre al planeta, para tener un santuario donde descansar. En ella modelaron tierras de espesos bosques que morían en arenosas playas que eran acariciadas de continuo por las espumeantes olas de profundos y azules mares. Elevaron pétreas montañas de nevadas cumbres, desde las que se divisaban amplios valles de verde vegetación y caudalosos ríos que, tras atravesar vastas llanuras engrosaban el caudal de grandes lagos o alcanzaban los confines marinos de las tierras. Y los Señores del Resplandor aún hicieron más y, a partir de un pensamiento, crearon todas las razas de los hombres, para que gozasen de todas aquellas maravillas y respetándolas, se respetasen a sí mismos.

Y de entre todos los hombres, los Señores eligieron al más sabio y justo para que gobernase en el plano mortal a estas Primeras Razas. Este hombre fue llamado rey y los hombres le conocieron como Trados el Unificador.

Y las Primeras Razas, bajo la complacida mirada de los llamados Dioses y guiados por la firme mano de Trados, ascendieron hacia la cultura, la sabiduría y la civilización, erigiendo hermosas ciudades de amplias avenidas arbóreas y elevadas cúpulas estilizadas.

Las Razas se multiplicaron, extendiéndose por todos los confines del continente conocido como Lhork y lo que para los hombres fueron siglos, para los Dioses sólo representó la duración de un parpadeo.

Mas la Guerra Eterna no cesaba y los Entes del Vacío, odiando todo aquello que fuera un reflejo de los Señores del Resplandor lanzaron sin demora contra las confiadas ciudades de los hombres a sus Hordas del Desastre, los espantosos Wulfrer de lobuno aspecto y cruel ferocidad, guerreros de un mundo abismal. A su frente, los Entes del Vacío colocaron al Señor Oscuro, Aryhusek, Príncipe Maldito de un plano diferente a Lhork.

Pronto, los vientos de la guerra soplaron al pie de las murallas y los palacios y la fina seda se trocó en bruñido acero.

Los poetas y juglares callaron, enmudecidos por el poderoso tronar de las trompas de asalto y el martillear incesante de las fraguas que convertían los arados en espadas para los hombres de Lhork.

Durante cincuenta lares, los ejércitos de Lhork, dirigidos por el enérgico rey Trados, mantuvieron a raya a las diabólicas tropas de Aryhusek. Hasta que al fin, utilizando negras artes, éste dio muerte al viejo rey en su propia tienda la víspera de la gran batalla del río Gora. La muerte del monarca y la desaparición de su Cetro, símbolo de unión de todos los pueblos y razas de Lhork, sembró el pánico y el desconcierto entre el ejército de las Primeras Razas, que sin nadie que lo comandase, cedió ante el azote de las Hordas del Desastre. Muchos fueron los caballeros que tiñeron con su sangre las profundas aguas del río Gora y, ya sin nada que les frenase en su avance, los Wulfrer se extendieron a lo largo  y ancho de todo Lhork, como una negra plaga, matando, saqueando, incendiando y destruyendo todo a su paso.

Los hombres, rotos y debilitados por su larga lucha, fueron barridos de sus ciudades y sobre sus cabezas se abatió el yugo del terror y de la angustia. A un tiempo, los Señores del Resplandor cedían su posición ante el acoso de los Entes del Vacío en aquel plano, mientras sangrientos altares en incendiadas ciudades eran alzados por Aryhusek en loor a sus negros amos.

Ante la magnitud de las potentes energías liberadas por unos y otros, todo aquel plano se estremeció. Aquello afectó directamente al mundo de Lhork y su Naturaleza se rebeló, la tierra se abrió y los mares engulleron valles y montañas y el fuego surgió de las entrañas del planeta y continentes enteros se desgajaron.

Los Señores del Resplandor, agotados por su lucha y la destrucción de Lhork, se retiraron de aquel plano, hacia los Limbos Perdidos, que se hallan en la inconmensurable vastedad del espacio, a las lejanas dimensiones de las que eran originarios.

Pero para preservar su recuerdo entre los supervivientes y ayudarles a recuperar su mundo, profetizaron la llegada de unos Campeones del Orden desde otro plano, en los tiempos que vendrían.

Los Entes del Vacío, no satisfechos aún en su ciega y destructiva sed de Muerte, les persiguieron, dejando como emisario de la helada maldad que ellos engendraban al Señor Oscuro, para que la Luz no se hiciera sobre el mundo de Lhork.

Y Aryhusek, amparado en sus negros conocimientos, levantó en una oscura noche de horrendos sacrificios, la execrable y temida ciudad de Xora, bastión de brujerías y puerta del Mal.

Donde durante mucho tiempo imperaron el Orden y la Cordura, la Hechicería y la Maldad acababan de plantar sus infernales raíces.

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© Círculo de Lhork, 20012.